Siempre se puede cambiar (2da parte)
Hola querida creativa,
Antes de continuar con mi historia, quiero agradecer a toda esta comunidad ceramiquera por la respuesta a mi carta anterior, por mi historia y por cuántas de ustedes se identificaron con ella.
Sin más preámbulo, continúo. Lo último que te había contado fue mi malísima experiencia con mi profe de cerámica. Desde ahí empecé a montar el taller en casa, en enero de 2019. Terminaba de trabajar, llegaba sobre las 20hs y un ratito hacía. Los fines de semana estaba internada en ese tallercito. Aprendiendo, disfrutando, enamorándome de la cerámica con cada pieza.
Amaba ese espacio. De hecho, aún teniendo el taller que tengo hoy, nada como mi primer taller, donde todo era experimental y estaba lleno de sueños.
Ese año, sobre junio, se me terminó el contrato de trabajo, pero no me sentía lista para hacer de la cerámica un medio de vida. Sabía que me faltaba práctica, pero también necesitaba tiempo. De esa empresa me iba totalmente quemada, con las últimas energías. Estaba mal, estaba angustiada, estaba quemada, pero no lo suficiente como para tomar otro camino. Como bien dice el dicho: mejor malo conocido que bueno por conocer. Por miedo al cambio, empecé en otra empresa. Si en la anterior estaba mal, en la nueva estaba aún peor.
Después de 3 semanas, renuncié sabiendo que era la última vez que trabajaba para alguien más, al menos en esas condiciones.
Decidí que si la cerámica iba a ser mi medio de vida, necesitaba capacitarme y sumar horas de práctica. Básicamente, necesitaba tiempo para mejorar.
Empecé a trabajar de niñera. Un trabajo que no me estresaba, no me angustiaba, que pagaba mucho menos, pero que me dejaba la mente libre para enfocarme en la cerámica. Cuidaba a algunos peques cerca de casa. Mi primer trabajo fue llevar al jardín a unos vecinitos a las 7 de la mañana, durante una hora y media. Volvía a casa sobre las 9, tomaba unos mates y me ponía de lleno al taller.
Con lo que ganaba cubría los gastos de la casa y me sobraba un poco que destinaba a materiales y herramientas. Fue la época en la que menos dinero gané, pero una de las más felices.
Pasaron unos 6 u 8 meses con esta rutina y el progreso se hacía evidente. Empezaba a mostrar mis piezas con orgullo y abrí mi cuenta de Instagram toda feliz.
¿Qué pasó justito en esa época? Llegó la PANDEMIA.
Sí, sí, la pandemia. Me llené de miedo, porque absolutamente todo estaba colapsando: el trabajo de mi pareja, mi trabajo de niñera. Pero, contra todo pronóstico, empecé a vender mis piezas. Con esas ventas pudimos surfear la pandemia, y fueron por varios meses la fuente de ingresos de nuestra casa. Cuando terminó la cuarentena, después de unos 4 meses, mi marca se fue consolidando poco a poco. Empecé a hacer piezas personalizadas y workshops en casa.
Gracias al reconocimiento que fui ganando en España, llegó una propuesta única: fabricar piezas para una marca.
Mudé mi tallercito a un espacio más grande, fuera de casa, donde pudiera fabricar para esa marca, seguir produciendo mis piezas y dictar mis workshops más cómoda.
Eso fue a fines de 2020. Desde ahí en adelante, muchas cosas cambiaron y se transformaron. En 2022, con una segunda mudanza a mi espacio actual, empecé a dictar clases. Me enamoré de enseñar, de compartir, de brindar ese espacio, y supe que mi etapa de vender piezas había llegado a su fin.
Esta es mi historia, al menos un gran resumen. Quiero que sepas que tuve miles de momentos de incertidumbre, de miedo, de no sentir que estaba haciendo las cosas bien. Pero es normal. Aún tengo esas sensaciones.
Nos leemos la próxima semana.
Un abrazo embarrado,
Nati 💛
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